La pandemia llegó como un susurro a voces, especulaciones de que algo que pasó en un mercado en China, llegaba a afectar a países, naciones, continentes… a todes. Al principio sonaba como una conspiración, como algo ilógico, pero cuando eso cesó y se materializó, obligó a muchas personas a resguardarse lejos de los seres queridos. Y hablamos de humanos en tanto seres sociales que están acostumbrados a salir con amigues, y tomar mate. ¡Pues los dejó en jaque! Todo paró, todo cerró y muchos se encontraron entre cuatro paredes y ante la soledad. Y repito: todo absolutamente todo cambió. Retomando el concepto de soledad, no existe una fórmula exacta para sobrellevar la pandemia, pero en algunos casos las personas que estaban solas optaron por adoptar un perro, un gato, u otra mascota para alivianar ese sentimiento de soledad y compartir con otre ser vivo. Y eso parece muy bueno, pero no fue lo único que ocurrió con las mascotas.
La pandemia cerró todo: salas de cine, teatros, centros culturales, museos. Y para sobrevivir, estos se volcaron a las redes sociales, desde donde, paradójicamente, lograron incluso acercarse a más público, a pesar de que el coronavirus nos distanciaba: la experiencia artística virtual fue al principio limitada, y luego fue descubriendo lógicas y herramientas de lo digital para transformar a las plataformas de meros espacios digitales para mostrar el arte analógico en verdaderas usinas de sociabilidad 2.0 alrededor de la experiencia artística. Se tejieron nuevas redes, sin dudas. Pero también se devastaron las anteriores: la experiencia artística material se derrumbó, luego de que la industria cultural (cines, teatros, shows de música) pararan durante más de un año toda actividad. En el camino, se cerraron numerosos espacios culturales. Y en el camino, el público se acostumbró a acceder a todo desde la comodidad del sillón: cambiaron, definitivamente las costumbres, e imaginar un ...