La pandemia cerró todo: salas de cine, teatros, centros culturales, museos. Y para sobrevivir, estos se volcaron a las redes sociales, desde donde, paradójicamente, lograron incluso acercarse a más público, a pesar de que el coronavirus nos distanciaba: la experiencia artística virtual fue al principio limitada, y luego fue descubriendo lógicas y herramientas de lo digital para transformar a las plataformas de meros espacios digitales para mostrar el arte analógico en verdaderas usinas de sociabilidad 2.0 alrededor de la experiencia artística.
Se tejieron nuevas redes, sin dudas. Pero también se devastaron las anteriores: la experiencia artística material se derrumbó, luego de que la industria cultural (cines, teatros, shows de música) pararan durante más de un año toda actividad. En el camino, se cerraron numerosos espacios culturales. Y en el camino, el público se acostumbró a acceder a todo desde la comodidad del sillón: cambiaron, definitivamente las costumbres, e imaginar un retorno de los viejos espacios superada la pandemia suena a utopía. La evidencia es clara: cuando volvieron los cines, el público ya no estaba ahí.
Un cambio político
Así, mientras el teatro independiente desaparecía, mientras la taquilla de los cines que alimenta a la industria cayó más del 70 por ciento, reveló el informe anual de la Asociación de Cinematografía (Motion Picture Association), otra industria crecía aprovechando el encierro colectivo: el streaming. La pandemia potenció las suscripciones a plataformas de streaming que en 2020 superaron los 1.000 millones de abonados en todo el mundo.
Pero el cambio de la forma de consumir arte no es neutral, y supone dos problemas profundos: el avance cultural de las industrias audiovisuales sobre la soberanía audiovisual local (las plataformas supusieron la profundización del modelo instaurado por los cines: la imposición de contenido extranjero, de buena y mala calidad, al espectador argentino); y, una vez más, la privatización de la experiencia cultural, una experiencia por definición social que ahora se vuelve privada e individual, para el consumo en casa de quien quiera pagarla.
La pandemia potenció las suscripciones a plataformas de streaming que en 2020 superaron los 1.000 millones de abonados en todo el mundo, mientras la taquilla de los cines cayó más del 70 por ciento
La pandemia ha roto lazos sociales, promovido el encierro y el individualismo, y el arte sufre. Pero también sufren aquellos que accedían antes a las actividades artísticas públicas y comunitarias, la clase popular, que recién ahora, tras un año y medio, está pudiendo acceder a algún espectáculo perdido en alguna plaza, que se ejecuta casi sin público: están todos en casa, mirando Netflix.


Comentarios
Publicar un comentario