De repente, todos estuvimos confinados. Esa cuarentena aumentó nuestras ansiedades profundamente: un estudio canadiense encontró que el insomnio aumentó 24%, el trastorno por estrés postraumático creció el 22%, y el índice de depresión se situó en 16%. Los casos de ansiedad se dispararon hasta 15%. Nos convertimos en seres en estado de ansiedad permanente, y el deporte, o la falta de deporte, habitual regulador emocional, estuvo en el corazón del problema.
Los casos de ansiedad se dispararon 15%, y mucho tuvo que ver la falta de ejercicio físico durante la pandemia
El problema no es problema
Porque, de repente, todo estaba cerrado. En los primeros meses de pandemia, hasta las plazas eran peligrosas. No íbamos al club, desde ya, o al gimnasio, pero incluso dejamos de caminar al trabajo, que, si todavía existía, realizábamos desde casa. La vida sedentaria, hacinados en los departamentos que podemos pagar (en el mejor de los casos), supuso un rápido deterioro de la salud del ciudadano promedio.
Permanecer inmovilizado periodos tan cortos como 5 días, incluso en personas jóvenes, reduce hasta un 4% la masa muscular, 9% la fuerza y hasta un 10% nuestra capacidad cardiovascular. Y basta reducir el número de pasos diarios durante 14 días para que aumente el riesgo de enfermedad metabólica futura y resistencia a la insulina, típicas de la diabetes tipo II y la obesidad. Estamos diseñados para movernos, y de repente estuvimos confinados. El impacto todavía está siendo medido.
Y sin embargo, el debate en Argentina en torno al deporte fue extraño. En el centro de la pelea estuvo la discusión sobre el regreso de los atletas clasificados a los Juegos Olímpicos a sus lugares de trabajo: el 1% de la población. Incluso, desde el Observatorio Social del Deporte se organizó un conversatorio para hablar de este 1%, antes que del resto de la población.
Los gimnasios, con supuestos protocolos, reabrieron con relativa celeridad, no así los clubes de barrio, permitiendo el acceso privado y pago al deporte, pero no el masivo y gratuito. Hicieron lobby los runners, esa versión con zapatillas caras del corredor tradicional, y el primer día que se les permitió pisar la calle convirtieron las plazas en espacios de circulación del virus. “The Walking Dead”, señaló alguien pícaro al ver aquella imagen ya conocida de Palermo y sus corredores.
En paralelo, las redes sociales funcionaron para promover rutinas de entrenamiento en casa. Secretaría de Deportes lanzó el valioso #MoveteArgentina, rutinas de entrenamiento encabezadas por atletas que se transmitieron también a través de sus canales oficiales. Desde ya, y como mencionamos en otro texto, este tipo de iniciativas dejó al margen a aquellos sin conectividad. Los clubes de barrio han sido en el pasado centros de contención en tiempos de crisis (como en la inundación de La Plata) pero su reapertura se postergó indefinidamente, mientras reabrían los espacios privados para realizar ejercicios. El Estado brindó ayudas económicas e incentivos para realizar obras que alcanzaron a 1.200 instituciones, pero al día de hoy, los clubes siguen cerrados, o parcialmente cerrados.
De esta forma, habrá que esperar a mediciones oficiales para confirmar la sospecha: la pandemia habrá golpeado también en términos de salud (y de salud mental) particularmente a aquellos de bajos recursos, debido a este acceso diferencial al deporte.


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